
Te preguntaras que estoy haciendo en San Petersburgo. Pues bien, mi primera respuesta tal vez te parezca rocambolesca: he venido hasta aqui a escuchar el hielo. Es lo mismo que hice poco despues de que nuestra sociedad laboral se desintegrara. Tambien era marzo, y el rio Neva tambien ofrecia el espectaculo del que yo he podido disfrutar de nuevo esta manana, despues de tanto tiempo.
Me he sentado en un diminuto malecon frente a la Fortaleza de Pedro y Pablo, en un lugar privilegiado situado en mitad del caudal del rio, con el Palacio de Invierno a la derecha y la elevada aguja del castillo a la inzquierda, y he pasado cerca de dos horas observando las planchas de hielo bajar por el rio en direccion al Golfo de Finlandia. Es maravillosa la paz que puede transmitir este espectaculo. El silencio, solo interrumpido con el lejano bramido de los coches, es magnifico. Es el mismo silencio que, dicen, reinaba aqui cuando se fundo esta ciudad, cuando solo habia hielo y quietud. Y a mi ambas cosas me ayudan a pensar. Eso he hecho, te decia, mientras observaba el espectaculo de los reflejos en las aguas y escuchaba el crepitar de los cristales de hielo junto a mis pies.
Luego he ido a ver a mi amigo Alexi Alexandrovich Pigariov. Es posible que tambien te acuerdes de el, aunque estaba mucho mayor que la ultima vez que le viste y mucho mas enfermo. A pesar de ello, seguia poseyendo una mente clara y despierta y una memoria prodigiosa, prolongada (nunca corregida) en su extenso archivo. Le he invitado a desayunar al Literaturii Cafe, un lugar recoleto en plena Avenida Nevsky donde, dicen, tomo su ultimo bocado Pushkin antes de salir hacia el duelo con D'Anthes. El duelo donde murio, naturalmente. Me temo que Pigariov sabia muy bien a que se arriesgaba citandose conmigo, y es por eso que ha querido imprimirle a esta cita un aire novelesco y tragico, propio del amante de la buena literatura que siempre fue.
Sentados a una de las mesas con mantel verde del Literaturii, me ha confesado que le quedaban apenas unas semanas de vida y que se estaba planteando muy seriamente la posibilidad de adelantarse a este pronostico de su medico. Antes de darme la informacion que yo le pedia ha anadido:
-Solo te lo cuento para que sepas que las casualidades no existen, querida.
En cuanto a lo que habia ido a buscar, no me ha decepcionado en absoluto. Me ha facilitado la ultima direccion de Mister Monday. No esta en Bergen, por cierto, como podiamos inclinarnos a pensar, sino en otra ciudad que me reservare por el momento, para mantenerte en algo de suspense. Tambien le he preguntado, naturalmente, por el destino de mi tarjeta de memoria, aquella que se perdio en el correo, y aunque no sabia nada, me ha prometido realizar ciertas averiguaciones nada mas llegar a casa.
-Te llamare -ha dicho-. Supongo que, como siempre, habras reservado en el Gran Hotel Europa.
Que bien me conoce y que poco ha cambiado mi viejo Pigariov.
He paseado un rato hasta la Plaza de las Artes y me he entretenido visitando la coleccion del museo ruso. He pasado un buen rato frente al cuadro La cena, de Leon Bakst. Me ha parecido que lo habia visto alguna otra vez en otro lugar, pero no he sido capaz de precisar donde. Sea como fuera, esa mujer enlutada esperando sola, con un abanico en la mano, sentada a la mesa, me ha recordado tanto a mi que he tenido que terminar alli mi visita y regresar a mi hotel, y no precisamente de buen humor.
En recepcion me esperaba un mensaje de Pigariov. Estaba anotado en un papelito, en alfabeto cirilico, y he precisado traduccion del amable (incluso demasiado, estos hoteles caros es lo que tienen) y joven conserje:
'Tu cosa esta en Paris', decia la nota.
He debido quedarme meditando un segundo y cuando he vuelto al mundo real el empleado estaba tendiendome la llave de mi habitacion con ese porte de profundamente desgraciados que tienen aqui todos los conserjes. Solo sonrien los que cobran verdaderas fortunas por procurar la felicidad del visitante. Y el visitante de San Petersburgo, ya se sabe, puede ser facilmente un ser muy necesitado de sonrisas.
Antes de acostarme, he decidido llamar a Pigariov para agradecerle la informacion y desearle buenas noches, pensando que a la gente refinada le gustan esta clase de detalles. No ha contestado al telefono. He insistido mas tarde, con el mismo resultado. Inquieta, he decidido acercarme hasta su casa. Era tarde y no es muy seguro caminar por la Nevsky a altas horas, pero he preferido arriesgarme. Al llegar alli, he tropezado con el cordon policial y con las malas caras de los vecinos. Un jovencito que hablaba un ingles rudimentario ha sido quien me ha dado la noticia.
-Murdered -ha dicho, adoptando con una mano la forma de una pistola. Y por si fuera poco ha anadido: -Shot. Poum!
Lo cual demuestra que la proverbial agudeza de Pigariov le habia llevado, una vez mas, hasta la pista correcta.
Espero no haberte amargado el viaje con esta historia, querido.
Tuya,
Alma
P.S. Por cierto. Dejo el romanticismo para otra ocasion y comienzo a escribirte por correo electronico. Solo asi nos mantendremos en contacto.